Experiencias extremas

Sin novedad en el frente: la vida del soldado en la Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial fue, con toda probabilidad, el acontecimiento más dramático del siglo XX. Es cierto: la violencia y la destrucción absoluta que acompañó a la Segunda Guerra Mundial ha difuminado a ojos de la Historia la importancia y la tragedia de la primera, pero fue ésta y no la otra la que supuso un cambio de paradigma, la que mostró por primera vez los horrores de la guerra industrial y la que puso a los soldados, como nunca antes, al borde de sí mismos. El frente de la Primera Guerra Mundial, paralizado por las trincheras, fue una experiencia psicológica traumática para millones de soldados alemanes, franceses e ingleses. Esta es la historia de uno de ellos, a ojos de Erich María Remarque, quien volcó su propia experiencia en la batalla en el inolvidable libro ‘Sin novedad en el frente’.

Erich Paul Remark, conocido por su psuedónimo literario Erich María Remarque, acudió al frente occidental junto a millones de compatriotas alemanes, y cuando volvió escribió sus experiencias, pensamientos y emociones en ‘Sin novedad en el frente’, libro que le dotó de fama internacional. ¿Por qué? El trabajo de Remarque es tan memorable, tan esencial, porque relata los horrores, muchas veces meramente psicológicos, a los que toda una generación de jóvenes a un lado y a otro del frente tuvieron que soportar. Miles de imberbes que partieron contra el enemigo convencidos, por la patria, por sus padres, por sus profesores, por la prensa, de que iban a librar una guerra justa, necesaria y breve. Miles de chavales que se toparon con una guerra carente de sentido para ellos, eterna y ajena a su vida.

Remarque narró en las páginas de ‘Sin novedad en el frente’ la experiencia de la guerra moderna. La Primera Guerra Mundial supuso un cambio de paradigma: de los cánones bélicos clásicos a los modernos. Nunca antes países enteros habían visto reordenar sus vidas y sus economías hacia la guerra. Nunca antes la destrucción material y de vidas humanas había sido tan alta. Numerosos autores han tratado esta cuestión, pero merece la pena citar aquí el canónico trabajo de Marc Ferro al respecto, en su imprescindible libro ‘La Gran Guerra: 1914-1918′. Cuatro años que borraron de un plumazo todo lo que los gobiernos europeos y las gentes de los países del continente creían que les iba a aportar la guerra.

Hay que tener presente que la Primera Guerra Mundial fue la primera guerra de masas. Antes de ella, en Europa, la última gran batalla se libró en Sedán, en 1870. La futura Alemania completaba su reunificación a costa de la Francia de Napoleón II, y con ella se abría un periodo de 50 años de paz (salpicada de conflictos menores como la guerra entre España y Estados Unidos o la guerra ruso-japonesa). En 1914, el delicado equilibro político entre los grandes imperios estallaba tras años de tensiones irresueltas, y las poblaciones de los Estados, adoctrinadas por la instrucción y los efervescentes medios de comunicación, animaron y apoyaron en gran medida el inicio de la hostilidades.

¿Qué descubrió Remarque, y por extensión miles de soldados europeos, en el frente? Que aquel conflicto era terrorífico: metralla, granadas, obuses, gases venenosos. Nada de romántico tenía ya la guerra, cuando la defensa francesa consiguió estabilizar el frente tras el fallido plan Schlieffen de los alemanes. A partir de ahí las trincheras: días, meses, años atrapados en pequeños cobertizos, diminutos refugios de barro, amenazados diariamente por miles de explosivos, por los ataques aéreos y la progresiva carencia de alimentos y reclutas. Aquellos jóvenes soldados que partieron de las estaciones de trenes a uno y otro lado de Los Vosgos sonriendo se sentían estafados por quienes habían instigado la guerra.

En las páginas de ‘Sin novedad en el frente’, el joven protagonista despliega su desesperación por una guerra que consume sus días, a sus compañeros y su juventud. La juventud se presentaba para los soldados que combatieron en el frente como el mito perdido que jamás volverá: los días tranquilos en la escuela, la paz y la calma en su antiguo pueblo, los hábitos de juventud, los sueños, el futuro. Todo aquello desapareció de un plumazo para millones de combatientes que se dejaban la vida, la juventud y el alma en el frente. Convertidos en autómatas, absorbidos por la magnificencia y el terror de una guerra descorazonadora, se veían incapaces de reintegrarse en la sociedad y traicionados por sus generaciones superiores.

La vida del soldado quedaba recluida al frente. Allí tenía sus amistades, más o menos efímeras. Allí se sentía cómodo: en los días de retaguardia, en los barracones, viendo la vida pasar, esperando volver a las trincheras. Allí encontraba el miedo, la espera y, entre ambos acontecimientos, a sí mismo, enraizado en sus pensamientos, en sus recuerdos, tratando de sobrevivir a todo lo que poco a poco se adueñaba de su alma. Allí aprendía a convivir con la muerte, contemplaba atrocidades y dejaba de horrorizarse. En el frente más que en ningún otro sitio, todos aquellos jóvenes dejaron de ser jóvenes y pasaron a ser viejos. Viejos sin nada ni nadie en que creer, más allá de sus compañeros, su fusil y su artillería.

Este choque generacional y este profundo shock psicológico provocaría posteriormente heridas de las que Europa aún se rehace. La inmovilidad del frente, el enclaustramiento de los refugios subterráneos y el atroz fuego de artillería, junto a las posteriores cargas ofensivas, minaban la moral de los combatientes, su esperanza y consumía todo aquello cuanto fueron una vez. El frente era un fin en sí mismo, porque asomados al borde de las catacumbas de la humanidad no podían reinsertarse más tarde en la sociedad. Años después, esto provocaría fuertes traumas en la sociedad europea y favorecería el surgimiento del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania (siendo ambos fenómenos mucho más complejos que, por descontado, no se explican sólo por estos hechos).

Este fue el destino de miles de personas durante la Primera Guerra Mundial. El desencanto y la idea de una generación estafada. Las atrocidades de la guerra industrial y la pérdida de la confianza en las estructuras sociales y políticas tradicionales. El debilitamiento de las democracias, íntimamente ligado a lo anterior. El desencanto por el mundo existente y la construcción, desde el dolor y la rabia, de uno nuevo, más atroz. No es de extrañar que el nazismo y el fascismo se apoyaran en el mito de la juventud y en muchos excombatientes de la Primera Guerra Mundial: buscaban lo que la guerra les había arrebatado para siempre. La juventud perdida, su mundo, lo que poseían, destruido. El fin de una era: la Primera Guerra Mundial.

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Comentarios

  1. Comentario by Sin novedad en el frente | Yugoslavia me gusta más - marzo 15, 2013 10:56 am

    [...] que Remarque no quería escribir, porque de su puño, de su corazón, tan sólo salía la virulencia y el horror que había acumulado durante tanto tiempo en las trincheras. De por qué la guerra es una [...]

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  2. Comentario by Richard Feynmann, el Premio Nobel de Física que trabajaba en bares de topless - marzo 26, 2013 09:42 am

    [...] vía | Wikipedia, Electric Space Kool Aid En 1001 Experiencias | Sin novedad en el frente: la vida del soldado en la Primera Guerra Mundial En 1001 Experiencias | La fuga más disparatada de Colditz, el planeador que nunca llegó a [...]

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