Experiencias míticas

Muerte en el banquillo del Bernabéu

Hace algunos años, para que no molestase en la redacción, el jefe de deportes de mi experiódico me envió a entrevistar a un jugador del C.D. Ourense. No recuerdo bien su nombre. Era algo de Acuña. Nos fumamos un paquete de tabaco a medias y bebimos seis cervezas, y cuando le pregunté en qué parte del campo se desenvolvía mejor, respondió que «en el banquillo». Me recordó a Jorge Edwards, cuando decía que su mejor novela era una que no había escrito todavía. Acaricié la ironía de Acuña como si fuese un jarrón de bronce, y la usé para titular a cuatro columnas la entrevista. Esa noche me fui a la cama desasosegado, pensando en los futbolistas y en los banquillos. Y un poquito en la muerte. Porque el banquillo va en general de eso, de morir, y al acabar, pegarte una ducha y salir para casa, confiando en que haya algo en la nevera para cenar.

Desde el principio de los tiempos, que es algo que tiene lugar en el siglo XX, deportista y banquillo forman una sociedad extraña, a menudo peligrosa para el deportista. Es como jugar con cuchillos: el riesgo no es para los cuchillos, sino para ti. No pocas veces la mezcla explota de maravilla. Todos tenemos grabada la imagen del delantero, o el centrocampista, sustituido al poco de comenzar la segunda parte, para amarrar el resultado. El cambio no le hace gracia, escupe en la banda, recoge de malos modos la chaqueta que le ofrece el utillero para no enfriarse, y estalla contra el banquillo. Puede ser una patada, un puñetazo o un «me cago en tu puta madre», igual de sobrecogedor. Periodísticamente, esa explosión es muy agradecida. No hay muchas ocasiones, durante una crónica, para acordarse del banquillo. En cambio, «de tu puta madre», sí.

En mitad de aquella noche, pensando en Acuña, o como se llamase, el banquillo y muerte, recordé el día que mi colegió se fue de excursión al Santiago Bernabéu, allá por los años ochenta. Empezamos en el Valle de los Caídos, seguimos por el Escorial, y culminamos el despropósito en la Castellana. A algunos atléticos tuvieron que empujarnos, pero una vez dentro, renunciamos a pisar el terreno de juego. En mi caso escupí, como hubiesen hecho un Futre o un Pantic, y después me dejé caer en el banquillo visitante, tal vez para adivinar qué es la muerte. Después de todo, justamente en aquella caseta casi todas las historias eran de dolor y tristeza, y además, acababan mal, como la vida.

Tal vez nadie ha hablado mejor del banquillo que Alfred Hitchcock, que naturalmente nunca se refirió al banquillo. Pero sí al sofá, y eso basta. Lo usó para explicar con precisión inolvidable qué carajo es eso del suspense: «Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Eso es el suspense», sostenía. Bien, pues el suspense representa una de las características del banquillo de un estadio de fútbol. Nunca deja de generar inquietud, nervios, y en general mucho miedo.

A estas alturas de la historia del fútbol, creo que está consolidada, y bien consolidada, la idea de que en este deporte, habitualmente, los banquillos son cárceles, cuando no cementerios. Después de todo, hemos visto precipitarse hacia ese oscuro «sofá», en términos hitchcockianos, a estrellas como Raúl, o Butragueño, o Santillana, antes de apagarse lentamente en la alineación de un club mexicano o catarí. Claramente, el banquillo es una cuerda floja, a menudo mal atada por uno de sus extremos. Cuando quieres darte cuenta, caes de maravilla. Si la enfilas, y experimentas el vértigo, éste no es tanto un mareo como una cierta nostalgia por las buenas tardes que has dejado atrás, y que seguramente no vuelvan. Salvo que fiches, buscando los minutos perdidos, por un equipo de segunda división. Aunque eso tampoco te devolverá a la gloria pasada.

Hay un minuto en tu vida, si eres futbolista, que el banquillo equivale a un interrogante que te muerde los tobillos cada domingo, dependiendo de los horarios de la Liga, imposibles de predecir. No sabes por qué estás ahí e ignoras cuánto tiempo durará la estancia. Me temo que es la situación que vive estas semanas Iker Casillas, el Santo. Mucho me equivoco, o nos enfrentamos a uno de esos casos en los que no siempre el banquillo constituye un ataúd para jugadores en su ocaso, aunque puede ser un aviso de necrológica si te acostumbras al asiento.

Por otra parte, hay ataúdes la mar de cómodos, en los que si tienes carácter, o precisamente te falta carácter, acabas sintiéndote como en el sofá de casa, salvo por la cerveza. Aquí, por no salir de la portería, podríamos citar a Pinto. Este chico no le pide gran cosa a la vida, sospecho. Apenas entrenar durante la semana, y acomodarse el día del partido en el asiento, junto al staff técnico y el resto de suplentes, y a partir de ahí disfrutar de las vistas. Eso es, en cierta acepción, y si crees que la ambición sólo acarrea calamidades, lo que se entiende por «la vida padre». Ser portero suplente del Barça representa una especie de sueño realizado, como cuando Javier Urruticoechea te firmaba un cromo. No quiero imaginar qué bulle dentro de Pinto cuando, entre semana, el entrenador lo pone de titular para jugar la Copa. Por otra parte, hay cosas en la vida más importantes que él fútbol, por ejemplo el sexo, Twitter o los sándwich de Nocilla.

Casi nunca pasa, pero a veces también puedes acabar en el banquillo por ser demasiado bueno. Aclarémoslo enseguida: lo normal es que te precipites a la suplencia por baja forma, o porque el míster quiere cuidarte para el siguiente partido, o porque merecías un castigo, pues la directiva ha venido comprobando que te gusta salir por las noches y chupar los vasos. Corre la leyenda de que a Cesc Fábregas, antes de aterrizar en La Masía, su entrenador en el Mataró decidió no ponerlo porque Barça y Español se estaban ya fijando en él peligrosamente.

Pero el banquillo también es el terreno de los entrenadores. En ciertas circunstancias, representa una residencia habitual, confortable, si eres un entrenador y el club, digamos, se casa contigo. No es común. Ese tipo de relación, casi matrimonial, es la que le permite a Sir Alex Ferguson vivir en el banquillo del Manchester United, al que se accede después de subir unos escalones en los que es fácil matarse. En el caso de Ferguson, el banquillo es una variante de chalet, con un terrenito adosado de aproximadamente una hectárea. No es tanto cosa de que Ferguson sea hogareño y le cueste emprender mudanzas, que seguramente también, como del United, que sólo entiende las relaciones con sus entrenadores como una cuestión de largo noviazgo, y tal vez sexo tántrico. De hecho, antes que Ferguson, que lleva en la caseta desde el año 1986, Sir Matt Busby se había tirado 24 años preparando al United. En general, son excepciones. No hay más que seguir la Liga española. En Galicia, por ejemplo, nos cuesta olvidar el paso triste y fugaz de Domingos Paciencia por el banquillo del Deportivo. Justo cuando acababa de aprender el nombre de la ciudad en la que entrenaba, causó baja.

No se puede hablar de banquillos y no emplear la metáfora de la trinchera. Año 1993. Estadio, precisamente, de Riazor. El equipo local recibe al Sevilla. Es el Sevilla de Bilardo y Maradona. En un lance vulgar, pero inolvidable del juego, el Pelusa golpea por accidente a Albístegui. Nada del otro mundo, pero le rompe la nariz. El defensa cae al césped, retorciéndose de dolor. Entonces, pasa lo que sucede: el médico del Sevilla, en una maniobra de deportividad, atiende al jugador. A pocos metros, en el banquillo del Sevilla, Bilardo explota: «¡Domingo! ¡Los de colorado son los nuestros! ¡Me quiero morir! ¡Al enemigo ni agua! ¡Cómo vas a atender al otro, qué carajo me importa el otro, pisalo, pisalo

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Comentarios

  1. Comentario by Natxo Sobrado - mayo 06, 2013 05:13 pm

    Enorme. Y me quedo corto.

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  2. Comentario by Risso - mayo 06, 2013 05:30 pm

    Cómo escribir un exquisitez a partir de algo tan vulgar, y de plástico, como un banquillo de fútbol. Enhorabuena. Es un gusto leerlo a usted en Jot Down y también aquí.

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  3. Comentario by Gema - mayo 07, 2013 10:38 am

    Después de aquello, el “pisalo, pisalo” de Bilardo se coreaba en los estadios en los momentos broncos de algunos partidos… como aquel en el que se enfrentaban Zaragoza y Chelsea en eliminatoria de Recopa. Los hinchas del Chelsea, imagino que ciegos de cerveza, empezaron a arrancar asientos de La Romareda y a tirarlos al campo, hasta que la policía tuvo que intervenir, digamos que enérgicamente. El público local comenzó con el “pisalo, pisalo” jaleando las cargas de la policía, y entonces sucedió algo asombrosísimo: los ingleses dejaron de hacer el cafre y se giraron todos a una a aplaudir a la hinchada del Zaragoza. Al día siguiente la prensa inglesa se deshacía en elogios hacia una afición que respondía a la barbarie cantando “peace and love”.

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  4. Comentario by Bilardista - mayo 07, 2013 12:00 pm

    una anécdota genial Gema !

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  5. Comentario by Recorrido por la carrera de Ferguson a través de sus futbolistas - mayo 08, 2013 07:10 pm

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